Cuando era chica, encontramos en mi casa familiar en Buenos Aires un centenar de figurillas de cerámica enterradas bajo la tierra. Nunca supimos de que se trataba; fue algo que yo recuerdo como mágico (mi madre temía que fuera algo de embrujo). Había 4 o 5 motivos distintos y luego se repetían, todas blancas. Yo tomé todas esas figurillas y las fui coloreando. Eligiendo al azar los colores, las combinaciones y los motivos que les iba a pintar. Y así me pasé varios meses de mi infancia. Explorando los colores, las combinaciones, diferentes patrones, etc. 
Recuerdo ese como un momento de paz, de estar a gusto, de libertad absoluta y en la contención de la infancia. Tengo recuerdos colmados de sensaciones en una casa familiar en la que siempre había gente, en la que siempre rebozaban las visitas y los huéspedes. Huéspedes que nunca me incomodaron pero porque siempre encontraba mi lugar de soledad en plena compañía y pintar o dibujar era mi refugio. Hace dos años y medio que no vuelvo a la casa de mis padres, extraño sus olores, sus costumbres, extraño todo. 
Durante el tiempo de pandemia y al tener que estar en casa, les propuse un trabajo en colaboración. Yo desde Madrid, ellos desde Buenos Aires. Mi padre me fue enviando fotos de algunos objetos específicos de su casa que yo le pedí y otros que él considerara que eran parte de nuestra historia, de nuestro cotidiano, objetos que guardan secretos y recuerdos. Sólo objetos de casa y de carácter básicamente decorativos. 
Me propuse trabajar con estas imágenes, de la misma manera que lo había hecho con esas figurillas que nos encontramos hace tantos años atrás y sumergirme en ese mantra, concentrándome y focalizando el pensamiento.
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